Escritos de: Leocadio Antonio Peña Nava. Page_1

Leocadio Antonio Peña NavaBy.Leocadio Ernesto Peña Viloria.

Una parte de la información de la biografía de: Leocadio Antonio Peña Nava.

Nació en un pueblito de San Juan de Isnotu (Venezuela). En la parte alta de la montaña. El 17 de diciembre de 1929. Desarrolló su infancia en compañía de doce hermanos, viviendo muy humildemente, trabajando la Agricultura. No tuvo la oportunidad de estudiar cuando era joven: Pero, aprendió a leer con mucho sacrificio. Un padre ejemplar en todos los sentidos, el cual aprendió en la escuela de la vida.
Un ser único, para mí. Y una persona entregada a la lectura como pocos en la vida [...]
Leer completo




Esta página incluye las siguientes letras del autor:

pencilplus32.png Escritos compartidos por el autor. Índice de letras publicadas en esta página. Leocadio Antonio Peña Nava.

Todas las obras de esta colección son propiedad de sus respectivos autores o titulares de los derechos.
Obra escrita de Leocadio Antonio Peña Nava. Edición autorizada.

El canto del bosque

El canto del bosque enhebrado con los arrullos de las fuentes serranas y el soplo de la brisa suave. Esas maravillas del bosque me trajeron el recuerdo de los lejanos días de mi existencia.

El recuerdo de aquella vivencia en la montaña del cerro. El Quibao, en el regazo de las verdes colinas de la vasta cordillera andina. Allá, donde sucedían miles de ruidos maravillosos y tenebrosos que podían enfriarle el guarapo al más valiente o llevarlo a recrearse con el maravilloso canto del bosque.

El silbido de la noche callada, donde los gritos de las aves nocturnas, hacían crecer los ruidos cuando la oscuridad tendía su negro velo sobre la fronda serrana.

No pasaba una noche que no escuchara los ruidos, los gritos y gemidos en medio del bosque, los suaves arrullos de las fuentes serranas, el preocupante grito del búho y el silbido de otras aves nocturnas.

En la cabaña donde vivíamos una numerosa familia, nadie se daba cuenta del acontecer sobre natural de las noches serranas. Todos dormían, menos yo que lograba ver luces rebotando sobre los verdes cafetales montañeros; escuchando ruidos de cascos de caballo sobre los caminos empedrados.

Lo maravilloso de todo aquello no eran las luces, el ruido de caballos trotando, si no el inconfundible canto del bosque, que sobresalía sobre los demás ruidos que cruzaban sobre la rustica cabaña.

Al despuntar el día, muchos ruidos terminaban y comenzaban otros, la vida diurna en los verdes collados serranos. Los cafetales lucían sus rojos frutos y las guacharacas formaban sus algarabías y los pajarillos entonaban sus claros trinos. Los trabajadores continuaban con sus labores de siembra y recolección de otras cosechas. A lo lejos, en las verdes praderas se escuchaba el frémito de los bóvidos salvajes.

En las noches lluviosas, la brisa se sentía como una caricia. La niebla cubría la sima de la montaña y las albas serranas matizaban los paisajes que hacían danzar sus reflejos sobre los verdes collados.

En las tardes decembrinas, el viento desgreñaba las mantas de neblina que recubrían el cerro. La montaña se vestía de gala, el sol bruñía las mantas de neblina viajera. Los pajarillos con sus trinos, acompañaban con sus notas el canto del bosque.

En años recientes, yo volví a la montaña, a recrearme en los reflejos de los paisajes y en el verdor de la fronda serrana. Ese día, recordé mis vivencias en esos lugares, donde la magia ronda cuando surge el canto del bosque, donde la montaña me cuenta sus secretos llenos de siglos.

Allá, goce de encontrarme de nuevo en mi casa (la montaña). Allí donde mi amigo el bosque me permitió escuchar sus asombrosas y claras notas y el sublime canto de su sobrenatural inspiración.

¡Oh! El canto del bosque. El mágico silbar de la brisa suave y los arrullos de las fontanas cristalinas, corriendo sobre el césped de la cordillera de los Andes.

Categoría: Cuentos

→ Leocadio Antonio Peña Nava




El paraíso

Había una vez un verde prado rodeado por riachuelos cristalinos. Aquel lugar adornado por profusas y floridas frondas, semejaba un paraíso, un pesebre inmenso en las montañas de la cordillera de los andes venezolanos.

Las aguas de los riachuelos formaron una meseta cubierta por árboles y arbustos. Poco a poco se formaron lagunas de aguas azules. Allí, nadaban peses de colores y retozaban las libélulas sobre el cristal de las aguas.

Haya, en lontananza se notaba curvo el azul del cielo matizado por nubes blancas semejantes a grandes mantas volanderas. Estas bruñían al paraíso que se vestía de sol y sombra.

Los arrullos de los riachuelos, los trinos de los pajarillos, el canto del bosque formaban, un trió acorde con el son de la montaña.

A lo lejos se oía el frémito de los bóvidos salvajes, el eco, su tañer sobre el lugar más atractivo de esa comarca. Los montañeros no tardaron en ubicar aquel lugar tan especial. Entre todos se organizaron, formando grupos para proteger uno de los predios más acogedores del globo terráqueo.

Por obra de los montañeros, los riachuelos aumentaron su cauce. La fronda reverdeció, el campo se convirtió rápidamente, en una zona de vida y esperanza, tal un paraíso terrenal.

El trabajo el esfuerzo y la constancia de los lugareños fueron creando suficientes avales como para declarar el lugar como un parque nacional. El resultado no se hiso esperar ya que muchos turistas acudieron al parque el paraíso. Este se hizo famoso por el turismo de montaña, el cual genero grandes recursos al bien común.

Categoría: Cuentos

→ Leocadio Antonio Peña Nava




La joven del más allá

En las montañas trujillanas, suceden cosas increíbles, con razón, algunos lugares de esa comarca, han sido nombrados como tierra mágica: Tal el caso de un amigo. Que fue miembro de un cuerpo judicial haya, en esos lugares de leyendas.

El salió en su recorrido ya que su jefe le encomendó investigar un caso. Por sus labores de investigación, él se demoró y, serian como las doce de la noche, cuando regreso. Pero, al pasar por la plaza del pueblo, el vio a una joven en la esquina, esta semejaba una belleza solitaria. Mi amigo decidió abordarla, y al acercarse le pregunto de pronto. ¿Para dónde va usted? A lo que la joven respondió _yo voy para la plaza del alto Escuque.

Mi amigo le dijo a la joven_ suba que yo la llevo, pero al entrar ella al vehículo, el percibió un fuerte hedor a excremento humano, pero, él pensó que su vehículo lo tropezó en la vía. El trato de mirar a la desconocida, pero, un no sé qué se lo impedía, era incomprensible que esto sucediera. Varias veces lo intento y no pudo verle el rostro.

En la vía hacia el alto de Escuque; los dos hablaron de la niebla, que parecía una manta sobre la carretera. Al poco tiempo, llegaron a la plaza del Alto; bello lugar lleno de brillantes paisajes bruñidos por la neblina y los rayos de luna. La hora de la noche era inquietante, solo se escuchaba el chirrido de los grillos y el croar de las ranas.

Ha llegado a la plaza, baje a pasear dijo mi amigo a la joven, ella paseo por toda la plaza, luego, regreso y dijo: Por fin, conocí a esta plaza. La joven entro de nuevo al vehículo, y emprendieron el regreso. Ella le dijo a el que la dejara en el mismo lugar donde la encontró. Él le pregunto ¿y usted donde vive? Yo vivo en aquella casa que esta recostada en el cerro.

Mi amigo se despidió de la joven, el insistió en verle el rostro, pero, el mismo no sé, qué se lo impedía. Al regreso a su casa, el iba pensando sobre la joven misteriosa porque un detalle no encajaba en lo natural; algo fuera de lo común, estaba sucediendo. Al día siguiente, el notifico a su jefe lo sucedido el día anterior, este le ordeno que lo investigara.

Ese mismo día, mi amigo y un compañero, fueron a la casa del cerro, llamaron, y una señora salió a recibirlos, los dos amigos vieron el retrato de la joven, colgado en la pared. La señora les pregunto que desean, y ellos respondieron que queremos hablar con la joven del retrato. La señora les informo que la joven se había mudado para Sabana de Mendoza, sin embargo, ellos anotaron la dirección del otro lugar.




Al llegar a ese pueblo, buscaron la dirección, tocaron la puerta y salió un señor que les pregunto el motivo de su visita, ellos miraron el mismo retrato de la misteriosa joven. Señor, nosotros buscamos a esa joven, deseamos hablar con ella, y señalaron el retrato. El señor se puso pálido, y respondió, pues no se puede hablar con ella porque murió hace veinte años. Mi amigo perdió el color de su rostro y se desmayó.

El volvió en sí, con la ayuda de su amigo, y le conto al señor que él había paseado con ella, la noche anterior. En síntesis: No todos pueden ver cosas del más allá, que está más cerca de lo que pensamos. Ellos llevaron el informe a su jefe y este lo archivo. Desde entonces, hasta nuestros días, no se ha sabido nada de “la joven del más allá”.

07/06/2012

Categoría: Cuentos

→ Leocadio Antonio Peña Nava




Escritos de Leocadio Antonio Peña Nava, Page_1

Te encuentras en página 1 de letras de Leocadio Antonio Peña Nava.

Leocadio AntonioQuizás también te interese: Leer poemas referentes al mismo autor. En esta sección recogemos una una colección de poesía de:
Leocadio Antonio Peña Nava